Una de zombies
Después de hablar de fútbol, toca un post de zombies, temas que van bastante unidos. Rescato tardíamente mi última columna dominical de EL CORREO, detalle que aprovecho para recomendar un paseo por los BLOGS del periódico, especialmente, por la temática, PANTALLAZOS y EVADIDOS. En este último Carlos Benito se lo curra de lo lindo

ZOMBIMANIA
¿Se imagina, inefable lector, un mundo sin supermercados, sin correo, sin televisión por cable, sin gobierno…? La excelente serie Los muertos vivientes (Planeta DeAgostini) plantea un planeta desolado, donde reina el caos, poblado por cadáveres andantes que acosan a los humanos supervivientes. Aunque nos suene, no es más de lo mismo.
El (sub)género de los muertos vivientes ha dado algunas de las mejores películas de horror de la historia del cine debido a su capacidad para elaborar metáforas sobre la condición humana. Corría el emblemático año 1968 cuando La noche de los muertos vivientes revolucionó las constantes del celuloide terrorífico gracias a su renovador planteamiento, estético y expresivo. La cinta lanzó al estrellato a los no-muertos apocalípticos, alejados de ritos vudús, más cercanos a nosotros, mientras planteaba una exquisita parábola social. Bajo la influencia de este clásico indiscutible nace el cómic Los muertos vivientes, con guión de Robert Kirkman e ilustraciones de Charlie Adlard (excepto el primer tomo, dibujado por Tony Moore). Una extraña epidemia sirve de manida excusa para hacer una radiografía en viñetas del ser humano, una especie en extinción. El relato disecciona hábilmente, yendo más allá que cualquier filme conocido sobre el tema, las relaciones humanas y nuestra posible reacción en el caso de que todo lo que conocemos se fuera al garete. La supervivencia y la responsabilidad sustituyen a todo lo superfluo en un culebrón escalofriante donde afloran los bajos instintos. Cuatro volúmenes de esta indispensable serie, cruda y crítica, están disponibles en nuestras librerías, recordándonos que, en una sociedad en descomposición, el mal que puede acabar con nuestra civilización somos nosotros mismos. Los zombis son una proyección de los vivos.


La imagen: una chica de tez pálida, con una larga melena morena que le cubre totalmente la cara, sale de la oscuridad arrastrándose como un muerto viviente hacia nosotros, emitiendo extraños sonidos sobrenaturales. Probablemente es la escena más manida de la historia del cine de terror de los últimos tiempos, pero su poder de estremecer a la platea, a tenor de la taquilla, sigue funcionando. De otra manera no se puede entender el estreno de Shutter, otra cinta de horror oriental, esta vez tailandesa, que invita al espectador por enésima vez a dejarse llevar por un festival de sustos que vertebran un relato de fantasmas que no desentona en la larga lista de propuestas similares que engruesan el incesante auge del celuloide oscuro con tinte amarillo, que no pierde su actualidad ni por asomo. Las salas de cine sólo acogen una pequeña parte de la mastodóntica producción de este tipo de filmes, ideales para alquilar en el videoclub y aderezar el pase en la butaca de casa con abundantes palomitas. Empieza a ser más que preocupante el excesivo parecido entre estas películas funcionales que, además, van más allá de la vulgar fotocopia gracias a los remakes estadounidenses. Shutter está sobre la mesa de un estudio americano para ser filmada de nuevo con rostro occidental. Repetimos, y repetimos, y…
desvergonzadamente muchas risas tontas, a poder ser con momentos donde la escatología campe a sus anchas, y un rosario de sustos sobados que llamen a gritos a la carcajada desprejuiciada. No hay nada más efectivo que meter una avalancha de gags visuales y mucho cacaculopedopis para que el espectador se lo pase en grande. ¡Entre 2.537 chistes, alguno funciona seguro! Cine kleenex para mentes abiertas. Muy abiertas.

