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cine comic y otras hierbas

Nuea oam thong…

Guardado en: Gagstronomía — el Miércoles, 23 de Abril

… léase INFIERNO DE TERNERA, el plato estrella del restaurante thai OAM THONG. Hacía tiempo que quería probar este manjar extremo, debido a mi adicción al picante. Nacho Vigalondo llevaba tiempo recomendándomelo, y M.A. Martín, otro fan fatal de las guindillas y jalapeños, así que tarde o temprano tenía que caer la dichosa ternera letal.

Tengo bastante tolerancia al picante, me flipa, pero anoche no fui capaz de soportar más de dos mordiscos a la ternerita from hell. Nacho explicó en su día estupendamente la experiencia en SU BLOG (pinchad, pinchad malditos…), y de su texto extraigo estas líneas que lo resumen todo:

“En la carta del menú los platos picantes están clasificados. Se especifica, de una a tres estrellas, el grado de riesgo que el cliente asume con cada elección. El chef, en un alarde de sentido común y valentía conceptual, se salta la posibilidad de la cuarta estrella, y ya, en el infierno de ternera, pone cinco directamente. En la descripción de la carta se menciona su inimaginable grado de picante”.

Lo pasé de culo, compañeros, pero ya estoy pensando en volver otra vez a tan singular restaurante y volver a poner a prueba mi lengua y mi estómago. Es como una droga…

P.D.: no siento el…

Soy adicto…

Guardado en: Gagstronomía, Desvaríos — el Miércoles, 5 de Marzo

… a esto:

Noodles.jpg

No quiero saber con qué los hacen. Esos sobrecitos llenos de polvos de colores y sustancias grumosas, que se unen en plan Quimicefa para el regocijo de mis tripas. Uuuuuuuuuuuf!!! Es una de las escalofriantes secuelas del tour por Oriente.

Me duele todo

Guardado en: Celuloide, Gagstronomía, Saraos — el Domingo, 18 de Marzo

La cabeza, los pies, los ojos y hasta el corazón.

Llevo nueve días acostándome a las mil y levantándome a las cientos. Comiendo en exceso, bebiendo en exceso, hablando en exceso… Dando la bienvenida y despidiéndome de amigos -grandes, pequeños, nuevos, veteranos, buenos, malos- en exceso. Todo en exceso.

No sé si he quemado Málaga, pero Málaga me ha quemado a mi. Apenas he podido ver películas por labores varias, pero hablaré de algunas los próximos días. Es lo único que no he hecho en exceso, ver pelis, en un festival de cine, haw, haw, haw!!! (patético)

Escribo esto recién llegado al hotel, al que (casi) llamo casa, al que me he arrastrado tras huir de una fiesta donde me sentía como un pulpo en un garaje. En vez de dormir más horas de lo normal, me pongo a escribir mientras pienso en el grasiento Egg McMuffin que voy a comerme por la mañana para desayunar. Un placer inmediato que nadie osará quitarme recién levantado, con el bajón mental tras la hiperactividad, gástrica, etílica, hormonal… ¿profesional?

Sé que es dañino para mi salud zampar McMuffins compulsivamente, pero me encantan, y no se encuentran en cualquier McDonald´s. Mi hotel malagueño está justo enfrente de uno que los sirve… y encima de un bingo que no para de vender cartones las 24 horas del día.

Los McMuffins son puro colesterol, tan perjudiciales como empacharse de vida social y cuentos de la lechera en los festivales de cine.

A partir del lunes se acabaron los McMuffins. Se acabaron las bienvenidas y despedidas en exceso. Se acabaron los cartones de bingo. ¿Se acabó el cine español? Y se acabó ver a esa mujer de otro mundo que me va a costar olvidar bastante más que los jodidos McMuffins.

La mujer más bella que han visto cerca mis ojos… sic!

¡Mañana me comeré tres McMuffins!

¡Nutrámonos!

Guardado en: Reality Bites, Gagstronomía — el Martes, 24 de Octubre

El otro día, en mi periplo Madrid-Bilbao (ando por el norte dandole caña al Salon del Comic de Getxo y montando por fin el clip de Kepa Junkera, entre otros quehaceres), me zampé en un bar de carretera una bolsa de Cheetos pirata con sabor a hamburguesa. Sí, sabor a hamburguesa. Tras bromear con mis compañeros de viaje sobre las posibilidades de comerlos en bocadillo, entre pan y pan, con ketchup y mahonesa, mi mente llegó a la conclusión de que este tipo de mierdas que tanto me gustan y destrozan el estómago son el alimento del futuro. Los habrá con sabor a pollo con patatas, a salmón a la plancha, a pulpo a la gallega y a rabo de toro. Siento escalofríos.

Adiós, Beni…

Guardado en: Gagstronomía, Infrafreaks — el Jueves, 5 de Octubre

Estoy triste. El Beni ha muerto. Larga vida al Beni. ¿Quién era? El camarero más dicharachero del planeta Tierra y alrededores. El puto amo de la barraca. Echaremos de menos sus tapas, su cachondeo, sus fotos de gente borracha y Paco Porras. Su alegría contagiosa, sus cervezas en el frigorífico de los helados, sus colecciones de objetos absurdos… Sus charlas. Su mundo.

Beni, tu necrológica no ha salido en los telediarios, ni saldrá en los periódicos, pero sí en los blogs, el verdadero eco de la gente de la calle, a la que tratabas de puta madre.

Va una por ti, Beni, Y dos. Y tres… Y…

(Oraciones por el Beni y fotos de tan ilustre personaje pinchando AQUI)

¿Cómo? ¡Te has comido 14 pintxos!

Guardado en: Gagstronomía — el Miércoles, 27 de Septiembre

Aún no he recuperado del fin de semana brutal en el Festival de Donosti, celebrando el estreno de THE BACKWOODS. Hay fotos de la fiesta esperando ser colgadas en cuanto tenga un rato decente, porque currar aún resacoso está siendo muuuuuuy duro… Probablemente todavía no he digerido los miles de pintxos exquisitos que me he zampado estos días… Menos mal que leo esto…

“Hoy, el placer de comer y la buena mesa están criminalizados. Lo cual es grave, porque el gusto y el placer constituyen la base del acto de comer. Nuestro cerebro nos programa la búsqueda de la satisfacción, igual que nos programa el sueño y la sexualidad. Para comer, hay que sentir satisfacción, voluptuosidad. Ahora bien, el placer de saborear un alimento se elabora a través de todo un aprendizaje, de una historia personal y colectiva, del descubrimiento de una gastronomía y de unas tradiciones. Comer comporta un arte de vivir, un arte de gozar. Hoy en día, este arte está desacreditado y se está perdiendo la sabiduría de la buena mesa. La criminalización de la alimentación ha reemplazado la de la sexualidad, es la nueva forma de impedirnos disfrutar de la vida”.

Lo dice Jean-Marie Bourre, neurotoxicólogo, miembro de la Academia de Medicina francesa, especialista en química y nutrición del cerebro, así que voy y me lo creo… ¡Me lo tengo que creer! ¡Uf!

El arte del canapeo

Guardado en: Gagstronomía — el Miércoles, 31 de Mayo

Anoche me pasé por la inauguración del Festival de Cine Alemán que se celebra todos los años en Madrid en el cine Palafox (¡que todavía aguanta!). Tras tragarnos una peli más bien truño nos juntamos unos cuantos en el posterior cocktail de rigor, donde los canapés vienen y van, y la bebida sobra hasta a los borrachos. Hacía tiempo que no iba a un evento similar. Cada vez me dan más pereza este tipo de citas, donde te encuentras con todo hijo de vecino y hay que dar conversación hasta al gotelé de las paredes. Hubo un tiempo, cuando llegué a Madrid hace más de ocho años (joooooder!!!), en el que me alimentaba de Whoppers 2 x 1 y me cenaba habitualmente una bolsa entera de patatas Lay´s a la vinagreta con un botellón de Fanta naranja. Estaba todo el día encerrado en la oficina de Subterfuge intentando vender tebeos y me cerraban siempre el supermercado. Así ha quedado mi estómago. Viene esto al caso porque, evidentemente, como mi nevera daba más pena que la cifra de audiencia de Con dos tacones me aficioné a pasarme por todo evento con papeo gratis que tuviera a mano, a poder ser con algún compañero de fatigas con el que compartir la jugada. Recuerdo algunos acontecimientos míticos, como una presentación del canal Calle 13 donde había perritos calientes, helado y la de Diox es Krixto. Y siempre acabábamos tarde… entre semana. ¡Crápulas!

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Entonces conocí el arte del canapeo. El canapping. Existen auténticos profesionales en la materia que meriendan y cenan todos los días en alguna presentación, inauguración o funeral si te descuidas. Se saben todos los trucos. Dónde colocarse estratégicamente para pillar todas las bandejas que salen, como camelarte a los camareros, como arramplar con media fuente sin dar el cantazo… Un auténtico arte, como el truco de coger un canapé y una servilleta (el camarero suele llevar el plato a un lado y al otro los kleenex) de tal manera que al entretener al proveedor da tiempo a coger dos mini-tesoros gastronómicos si te zampas de un bocado el primero. Y si vas con un colega, o varios, y hacen lo propio, ya tienes secuestrada la bandeja.

Es conocida universalmente una especie subhumana a tener muy en cuenta: las canaperas, generalmente mujeres sexagenarias que van en manada y arrasan con todo lo que pillan. Saben cómo colarse en los eventos, sean del tipo que sean, y usan una red de información abracadabrante porque se enteran de todo. Me imagino que ahora con el móvil, el sms y el pásalo, todo es más fácil. Si les cierras el paso, se cuelan por el ascensor de minusválidos, o te cuentan una milonga capaz de convencer a un muerto. Su único objetivo es gorronear a saco, por encima de cualquier cadáver. ¡A tope con la gente joven! En alguna ocasión he investigado el fenómeno con una prueba que confirma toda sospecha: nos inventábamos un canapé asqueroso con restos de otros mordisqueados y cronometrábamos cuánto tardaba en desaparecer del plato. El personal en estos saraos se come cualquier cosa.

Anoche volví a coger el gusto al canapping. Ya sé qué haré cuando me jubile para matar el tiempo. Observar obras no es mi estilo… y guardar la línea tampoco.