Madrid caníbal
Estoy comprando el periódico. Delante de mi una treintañera habla con la quiosquera. Escucho atónito que dice tan campante, casi con orgullo, que no sabe quién es el Che Guevara. No la quiosquera, la treinteañera con pinta de persona “normal”… No tiene ni puta idea de quién es ese señor… Me muerdo la lengua. La quiosquera defiende bien la situación: probablemente se queda sin una cliente, pero desde ya es una persona ilustre…
Camino por Preciados y una estampida de “topmanteros” nos arrolla a varios transeúntes que caminamos tranquilamente una tarde tonta del fin de semana. Del empujón mi mp3 sale despedido a tomar por culo. Pego un grito, y no sé si el alarido va a los pobres negros (perdón, gente de color) que corren despavoridos, a la policía que les pega el susto acorde a su rutina diaria o a la gente de mi alrededor que ni pestañea ante la situación. Es que es algo normal, supongo… Pero a mi no me lo parece, y no quiero que así sea en mi cabeza.

Noche del sábado. Los zombis ocupan el centro, sobre todo la Gran Vía. Eso sí es una marcha de muertos vivientes. Es la famosa “noche en blanco” (famosa porque sale por la tele), una iniciativa interesante que se queda en pasatiempo dominguero. Mucho acto bluff en la programación, y la masa caminando de aquí para allá porque es gratis. Hacen colas infernales para entrar a los museos, que abren hasta altas horas. El resto del año se quedan en casa, o algo peor, y se pasan la cultura por el forro. Muchos no saben quién es el Che Guevara.
A mi me gustaba la Gran Vía con los carteles gigantes de cine, cuando había más de tres salas, y las luces de neón. Eso se ha perdido, y no es lo único, pero pretenden sobornarnos y que miremos para otro lado con UN DIA de circo subvencionado, ahora que el pan cuesta lo suyo.
Esta gran ciudad es una metáfora gigantesca.
Y la pantalla de mi mp3 se ha rayado.





Desde que, simpáticamente, el Ayuntamiento de Madrid autorizó en enero de 2005 el cambio de uso de los edificios singulares siempre que se respete la fachada, han sido muchos los cines madrileños que han dejado de proyectar . De los 13 que había en la Gran Vía en el 2000, sólo quedan tres: el Palacio de la Prensa, el Capitol y Callao. El resto se ha reconvertido en putas tiendas de ropa con música bakala, cafeterías de plexiglás y demás negocios sin gracia que rinden pleitesía al consumismo.