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Homenaje a José Luis Borau

Filed under: Celuloide — el Martes, 27 de noviembre

Con motivo del lanzamiento de su libro Camisa de once varas, en 2003, tuve la inmensa suerte de compartir unas horas con José Luis Borau. Le entrevisté para EL CORREO en su oficina y disfruté mucho con nuestra conversación. Rescato aquí mi texto -notablemente extenso- como homenaje a un hombre de cine, uno de los grandes de nuestra historia, que, por desgracia, nos ha dejado recientemente, casi a la par que otro nombre mayúsculo, Tony Leblanc. Descansen en paz. Gracias por todo.

¿ESCRIBIR O RODAR?

-¿Uno de los problemas del cine español es la falta de grandes productores?

Hubo un tiempo en el que existían. Había productores que realizaban un tipo de cine abominable para la gente de mi generación que nos movíamos en el ámbito de la cultura, pero desde el punto de vista de la producción sabían lo que querían y lo que buscaban. Hoy en día eso ha desaparecido, y en el fondo es algo necesario. No hay una corriente equivalente a estos profesionales que ganaban dinero haciendo cine, invirtiendo su capital. Ahora, sin las subvenciones y las ventas a televisión, resulta imposible rodar. Por otra parte, hay pocos productores en España que se arriesguen, salvo Elías Querejeta y alguno más que se me escapa. Hay pocos que sepan realmente qué es lo que quieren hacer.

-Usted ha producido sus propias películas.

Sí, y no tengo la menor condición de productor. He producido todas mis películas, excepto las de mis comienzos, y no me convence, a pesar de que es una labor relativamente fácil. Lo más terrible que te puede ocurrir es que rechacen tu guión en las televisiones. Yo siempre he ido por libre. Cuando acertaba, ganaba dinero, y cuando no, que era casi siempre, desde un punto de vista comercial, daba un paso más hacia la ruina. Productores de verdad, de enjundia, de peso, no hay muchos.

-¿Disfruta más escribiendo o rodando?

Es diferente. Me explico, entendiendo a los actores que dicen que les gusta más el teatro que el cine, y que muestran mejor sus capacidades sobre las tablas. El escenario halaga los bajos instintos del actor. Hay una obra, un director de escena, un empresario, pero el actor es el que manda delante del público cuando se encienden las luces. Ese placer no se paga con nada. Al director le ocurre algo así cuando rueda. Te crees que eres Dios. Es un acto narcisista. Decides qué te gusta y que no, mandas órdenes aquí y allá, hablas con los actores, con el director de fotografía… En la literatura eres más libre y más divino que en un plató, porque escribes lo que se te ocurre y ya está, pero no tienes el escenario. Estás delante del ordenador y la satisfacción del instinto bajo es menor.

-¿Cómo ve el actual panorama del cine en general?

En general, muy mal. He sido partidario del cine americano, hasta el punto de costarme durante años quitarme el sambenito. Yo sólo he tenido dos fuentes cinematográficas, el cine americano tradicional y el neorrealismo italiano. Todos los de mi generación, lo negásemos o no, somos parecidos en este sentido, pero hoy en día el cine americano no es nada. Hay algunos nombres que hacen una película cada dos años que pueden salvarse, como Woody Allen, Mamet o Jarmusch, pero estamos hablando de cinco o seis autores. Muy pocos, sobre todo teniendo en cuenta que estamos hablando de la industria más colosal, con todo el dinero del mundo, con todos los estudios, con todos los efectos, con todos los actores extraordinarios…

-Se muestra muy indignado.

Sí, porque el cine americano dirige las pautas del cine a nivel mundial y es una birria. Y encima hay países de gloria cinematográfica que han desaparecido prácticamente. ¿Qué ha sido de la cinematografía alemana por ejemplo? Depende totalmente de la televisión. ¿Y del cine italiano que en su momento estuvo a punto de pisar los talones al de Hollywood? Todo está reducido a unas proporciones pírricas, habiendo sido tan importante. El cine francés es el que mejor vida lleva en Europa, pero sólo se aguanta en su país. Fuera pierde mucha fuerza. En conjunto, es muy poca cosa. Me gustan cuatro o cinco películas al año.

-Del cine español mejor ni hablamos.

Es una cinematografía en perpetua crisis, por razones diversas. Hace unos años nadie veía cine español, y luego hemos pasado calvarios como la censura. Exceptuando algunos directores como Berlanga, al resto nos costó mucho abrirnos camino y sufrimos la hostilidad de los productores. Actualmente tenemos unos actores y unos técnicos muy buenos, y algunos excelentes directores, pero el problema básico del cine español, si hablamos en términos industriales, es que las televisiones no apoyan realmente nuestro cine. Es todo mentira. La originalidad quizás no nos sobra, y talentos como Almodóvar o Amenábar son casos puntuales, pero el mayor problema es económico.

-¿Cómo se podría solucionar esta situación?

Replantear la colaboración entre los distintos medios. Es terrible ir a una televisión con una idea nueva y ver que no la entienden. ¿Quién está al frente del departamento de producción de los canales? La gente tiene que hacer heroicidades para buscar su hueco en este mundillo. Tienen que hacer cortos pagándoselos ellos mismos, pedir prestamos… Algo agónico.

-Curiosamente se dice que el panorama del corto español goza de muy buena salud, pero a la hora de saltar al largo, no se apuesta por una renovación.

Es muy difícil entrar en la rueda, aunque muchos de estos jóvenes directores estén muy capacitados. Tienen que encontrar su hueco en la industria, y hoy en día un productor hace una película si tiene cubierto su presupuesto con las ventas a televisiones y demás. Rara vez se molestan en ver la bovina de un chaval y se deciden a apostar directamente por su trabajo. Esos ejecutivos no entienden nada de cine. Y luego está la manía de copiar el peor cine americano, que tiene una crisis de ideas patética. Rebozan todo con efectos especiales, y aquí lo imitamos mal. Me duele oír a algún director nuevo decir que no se ha leído un libro en su vida, y otras cosas por el estilo.

-¿Queda mucho por hacer en cine?

Queda todo. No está todo hecho en nada. Después de Velázquez se decía que la pintura ya no iba  a avanzar más, y fíjate. La vida sigue y la literatura, la pintura, el cine, lo que sea, sigue evolucionando. Las generaciones se siguen renovando y queda muchísimo por hacer, aunque como ya hemos dicho es muy difícil.

-¿Tiene en mente volver a rodar?

Tengo un guión durmiendo en el cajón de los justos, pero ya no quiero producir más películas. Si alguien quiere que haga una película, estaré encantado de hacerla, pero a estas alturas de mi vida no quiero más líos con bancos, problemas de distribución o faenas con exhibidores. Es una agonía de la que me quiero librar. Lo que más cansa no es el rodaje, es todo lo demás.

(He publicado primero las preguntas que hacían referencia directa al cine, aunque no eran las principales del texto, al entrevistarle con motivo de su faceta como escritor de relatos. A continuación publico el resto de la entrevista, en realidad el grueso que abría la misma).

El aspecto afable y jovial de José Luis Borau (Zaragoza, 1929) contrasta con su carácter solitario y el pesimismo que emana de sus reflexiones. Mientras contesta a diversas preguntas con motivo de su reciente debut en el campo de la literatura -antes había publicado relatos en antologías, y había ejercido de coordinador en alguna recopilación de historias cortas-, el teléfono no para de sonar en la oficina de El Imán, su productora madrileña. Salta el contestador, y el conocido director de cine, bautizado con éxito como escritor, se siente molesto. “Tanta llamada no me deja trabajar y concentrarme mientras escribo”, explica. El argumento esgrimido es comprensible, teniendo en cuenta que le hemos sorprendido enfrascado en un nuevo libro que deberá tener ultimado en apenas dos meses.

Camisa de once varas, publicado por Alfaguara, consta de once relatos dispares, concebidos a lo largo de años. Algunos cuentos son inéditos, y otros han sido transformados por la pluma de su autor para cargarlos de prosa y eliminar cualquier estigma cinematográfico. No obstante, las referencias al séptimo arte están presentes, inevitablemente, destacando una original historia que cierra el libro, citando constantemente los fotogramas de El mago de Oz.

 Borau cuenta en su filmografía con títulos emblemáticos como Furtivos (1975) o Río Abajo (1984). Con Leo (2000) consiguió un Goya al Mejor Director del Año, destacando también en su currículum la serie de televisión Celia (1993), adaptación de Carmen Martín Gaite de los libros de Elena Fortún. Entre 1994 y 1998 fue presidente de la Academia del Cine Español, habiendo recibido el Premio Nacional de Cinematografía en el 2002 por su amplia trayectoria. Su labor docente es también muy reconocida. Ha sido profesor de la Escuela Oficial de Cinematografía, donde cultivó los talentos de realizadores como Pilar Miró o Iván Zulueta. En la actualidad, es miembro de número de las Reales Academias de Bellas Artes de San Luis (Zaragoza) y San Fernando (Madrid).

-¿Cómo se gestó la idea de escribir un libro de relatos?

Normalmente, cuando hago una película, o la estoy pensando, escribo antes un cuento, o una historia. A veces esas películas no se hacen, y los textos quedan ahí, o han variado mucho desde el proyecto inicial, aunque el filme se convierta en una realidad. Además, suelo escribir pequeñas biografías de los personajes. Los modifico a mi antojo. Todo este material se va acumulando, en lo que llamo el baúl de los cadáveres. Me ofrecieron reunir algunos de estos textos en un volumen y me animé a ello, mejorándolos y modificándolos.

-¿Ha retocado mucho los textos?

Sí. Les he quitado todo el parentesco cinematográfico, hasta el punto de que, si me dijeran que hiciera una adaptación al cine de alguno de estos relatos, no me gustaría hacerla. Espero que hayan perdido toda imitación al cine. También he escrito tres cuentos exclusivos. Para mi satisfacción, o mi castigo, el libro ha ido bien y ha tenido buenas críticas, con lo cual ya estoy preparando otro, con la misma fórmula, para que salga publicado en Navidad.

-No obstante, no es su primer contacto con los libros de cuentos.

En dos ocasiones coordiné dos recopilaciones de relatos para Alfaguara, uno de ellos con motivo del centenario del cine, Cuentos de cine. Escribí uno de los capítulos. Eran escritores que hablaban de cine. En el segundo libro, Cuentos sin cámara, reuní a directores de cine que en alguna ocasión habían escrito un cuento. Evidentemente, este contacto con el tema también me ha influido a la hora de afrontar Camisa de once varas.

-En el prólogo comenta que el libro le ha servido para “experimentar en secreto, casi con disimulo”.

Lo hago siempre, y con las películas también. Cuando me meto en una película, en un signo casi de monstruosidad, la realizo para mi, y cuando escribo es el mismo proceso. Escribo cuentos para leerlos yo. Si luego gustan a la gente, bienvenido sea, y si no es así, pues lo siento mucho. Es un comportamiento poco profesional y bastante infantiloide, ya lo sé, pero me gusta guisármelo y comérmelo yo.

-También dice que sus relatos “son historias con las que te levantas por la mañana”.

A veces tienes una historia en la cabeza, o un problema, al que no le das la suficiente importancia, pero un día te levantas por la mañana y es en lo primero que piensas. Cuando esto ocurre me doy cuenta de que tengo que escribir esa historia para quitármela de la cabeza. Me suele ocurrir bastante.

-¿Es parte del proceso creativo?

En mi caso sí, evidentemente. En otros no sé. Nunca parto de conveniencias a la hora de crear. Por ejemplo, cuando preparo una película, no pienso en que vaya con la época o el momento. No preparo una propuesta que tenga similitudes con algo anterior que ha funcionado. Parto siempre de lo que me gusta a mi y de lo que me apetece. De lo que necesito. Ahora que estoy dando vueltas a uno de los cuentos nuevos, te das cuenta de que es un proceso agridulce. Por una parte, lo paso muy bien escribiendo, pero simultáneamente siento lo contrario. Escribo muy lento, me cuesta mucho, me acorralan las dudas y no paro de cambiar detalles desesperadamente. Te desanimas, pero al día siguiente retomas tu trabajo y vuelves a estar contento, hasta que vuelve a aparecer una piedra en el camino.

-¿Qué cree que debe tener un buen relato?

Es difícil. Por definición un relato tiene que ser breve, y en esa brevedad tienes que contar una historia cerrada, aunque pueda haber excepciones. Cuando cuentas varias cosas a la vez, o el texto adopta varios tonos, el relato tiene que estar bien construido, y tienes muy poco espacio. No se puede repetir, no se puede insistir, y hay que ir a lo esencial. Pero al mismo tiempo lo esencial no tiene que ser únicamente la parte argumental. Es un esfuerzo considerable y tienes menos libertad que en una novela. Con una película ocurre lo mismo. Tienes que concentrarlo todo muchísimo. Un guión no solamente es una descripción de lo que pasa, también de lo que se ve. Tienes que estar controlándolo todo.

-¿Ve algún elemento común en los cuentos de Camisa de once varas?

La mayoría de estos cuentos estaban inventados desde hace mucho tiempo, excepto tres nuevos que he escrito para completar el volumen. Las historias son muy distintas.

-Sin embargo hay muchos personajes solitarios.

No me doy cuenta, porque trato de rehuir de toda autobiografía. También en las películas. Por muchas razones, primero por pudor, segundo porque me aburre hablar de mi mismo, no escribo historias basadas en mis vivencias. Pero el que está detrás de todo es el mismo hombre, y hay cosas tuyas que se te escapan, las reflexiones y una manera de verlo todo. Me dicen que hay personajes tristes y que la soledad está muy presente en mis relatos, pero no lo hago conscientemente. Tampoco trato de ocultar que soy un solitario en la vida real.

-También se nota cierta visión pesimista.

Los relatos son una mezcla de humor y pesimismo, pero es parte de mi condición. Aunque no pienso que sea pesimista. Más bien soy realista, lo cual es la peor prueba de pesimismo que se puede dar. Pero al mismo tiempo soy un hombre de buen humor. Creo que en la vida corriente mezclo mi pesimismo con cierto humor, pero no soy consciente hasta que me lo comenta otra persona.

-El título del libro invita a pensar en esa negatividad.

El libro tenía otro título distinto y otro prólogo, más largo. Al principio iba a llamarse Cuentos de Culver City, porque, aparte de que hay varios relatos que transcurren en Hollywood, la mayor parte de esas historias se me ocurrieron cuando estaba en Estados Unidos, haciendo la película Río Abajo. La procesábamos en la Metro, que está en Culver City, y me parecía una buena idea retomar su nombre porque allí me pasé muchas horas muertas tomándome un café, esperando. Tomaba muchas notas, a partir de las cuáles nacieron los cuentos. En la editorial les pareció que sonaba a cuentos del Oeste y decidieron que había que cambiarlo.

-Defiende los cuentos protagonizados por gente corriente, alejada del concepto de héroe.

No hay gente corriente. El hombre medio no existe. Es un dato aritmético. Una convención. Cuando conoces a una persona, aunque parezca vulgar, siempre tiene algo diferente, alguna manía o alguna pasión que le diferencia de los demás. Los protagonistas de mis relatos son gente corriente, sólo en apariencia. Los héroes no existen tampoco.

-¿Reconoce influencias?

He leído muchísimo toda mi vida. Desde niño. Pero de una manera caótica. Viendo mi biblioteca, muy desorganizada, es imposible reconocer mis gustos. Hay de todo. No sé definir mis influencias, aunque evidentemente tiene que haberlas, de un modo inconsciente. Además, tienen que ser referencias muy diversas, incluso contradictorias. Hay alguien que dijo que “todo libro que no se contradice, no es un buen libro”.

-¿Cree que lo relatos cortos pueden ser a las novelas como los cortometrajes a las películas?

Un poco sí. Es un símil muy válido. Exceptuando los cortos que tienen un carácter documental, o experimental únicamente. Realmente una película te permite hablar de muchas cosas, pero en un corto estás condicionado a que tenga una corta duración, donde tienes que meter mucho, como en el caso de un relato escrito.

-¿El guión es un género literario en sí mismo?

Es un género de naturaleza, de origen y de proceso literario. Lo que ocurre es que la forma final no es la literaria. Me acuerdo haber comprado el libreto de Ciudadano Kane hace mucho tiempo y haberme aburrido leyéndolo, pese a mi interés e ilusión inicial. Resulta incómodo leer un guión, porque no está escrito para ser leído, está escrito para ser rodado. Es la preparación literaria de un rodaje. Consiste en describir un filme que todavía no ha hecho nadie. Cuando escribes un cuento, ya tienes la forma definitiva, pero en el caso de un guión, es un paso previo a la obra final. Aunque eres consciente de que estás leyendo algo diferente a una novela, tu instinto atávico de lector te impide diferenciarlo.

-¿Le gusta invitar al público a reflexionar?

Es lo que nos diferencia de los animales. Mis películas aparentemente son de fácil acceso, porque tienen una forma digamos clásica, pero por dentro no lo son en absoluto. Hay una contradicción. Me gustaría que el espectador reflexionase después de la proyección, pero es muy difícil hoy en día con la educación televisiva. La gente ve las películas, las consume y se acabó. No creen que hay que pensar cuando las ven. Sólo sirven para entretener. Y no debería de ser así. Con la literatura ocurre parecido, aunque es más fácil la reflexión.

-¿Es difícil encontrar el equilibrio entre evasión y reflexión en una obra?

Más bien hay que equilibrar al público. Es el verdadero problema. Si hablamos de cine, se educa al espectador de tal manera que tiene unos ritmos y unas velocidades increíbles por obra y gracia de la televisión. Y cuando apagan el aparato, se olvidan enseguida de lo que han visto. En literatura, también existen muchas novelas de usar y tirar. Todo esto se está agravando en la época en que vivimos.

-El relato que cierra el libro, So long, pequeña!, se antoja una novela corta.

De hecho estuvieron pensando en publicarlo por separado, en una edición individual. Está escrito expresamente para Camisa de once varas. Al principio, en el primer orden del libro, había colocado este cuento el primero, pero en la editorial decidieron cambiarlo, porque el que inicia ahora el compendio, Sabatina, que también está escrito ex profeso, es distinto, no te lo esperas, y está bien para abrir boca. Esto me llevó a la conclusión de que no valoras lo que haces definitivamente, ni para bien ni para mal. El que tiene la razón es el lector y puedes pensar que va a reaccionar de una manera equivocadamente.

-¿Un editor se parece mucho al productor de cine?

He tenido la suerte de contar con una persona que se lee los libros a conciencia, porque los vive. Esta bien que te aconsejen. A mi no me han cambiado nada, salvo el título y el orden de la recopilación, pero consultándome. No tengo mucha experiencia en este aspecto, pero me ha gustado cómo se han vivido mis cuentos, cómo se les ha cambiado el orden, cómo se les ha buscado una explicación, etc. En cuanto al paralelismo entre un editor y un productor, debería haberlo, pero desgraciadamente hoy en día no se ven grandes profesionales. Algunos ni se leen los guiones, aunque hay excepciones, afortunadamente.

-Adelántenos algo de su próximo libro.

Se titula Navidad, horrible Navidad y es otra recopilación de relatos. Siempre me ha parecido que la Navidad es un momento de nostalgia, de volver a la infancia, de muchas cosas agradables, pero al mismo tiempo también afloran muchos horrores internos que tenemos. Tengo que entregarlo a mediados de septiembre, así que me toca estar esclavizado delante del ordenador todo el verano.

1 comentario »

Comment by Fluka!

que bonito, sólo he leído la primera parte y me parece que se explica de manera excepcional, que lujo de persona, lástima conocerlo a estas horas. En fin, me guardo la segunda parte de la entrevista para media mañana. ¡Se feliz!

diciembre 15, 2012 @ 6:32 am

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