Holy Motors
Al cineasta Leos Carax, o lo amas o lo dejas. O lo vives, o no le prestas atención. No hay vuelta de hoja. Su última propuesta, premiada en Sitges, ha de verse con ganas. Hay que dejarse llevar por el ritual. Hay que creer antes de ver. De lo contrario, como espectador, puede sufrir un cortocircuito sin posibilidad de arreglo. “Holy Motors” es una deliciosa avería en el modo de representación habitual del cine. Es una de esas propuestas personales e intransferibles que crecen en nuestra mente una vez se apoderan de ella. Macerar su visionado, dejar pasar los días mientras sus imágenes flotan en nuestra psique, permite asimilar la película con una mayor sugestión, aceptarla y degustarla al máximo. No es, por tanto, plato para todos los gustos.
“Holy Motors”, como la reivindicable “Cosmópolis”, dos cintas de nuestro tiempo, transcurren en parte en el interior de una limusina. Carax nos propone un viaje sin ida, sin vuelta, hacia todo y nada. Un juego entre la realidad y la ficción que dice mucho del ser humano, de su comportamiento, aquí y ahora. La excusa es un día en la vida del Señor Oscar, un enigmático personaje que vive varias vidas en una sola existencia. Va saltando de rol en rol ante nuestros ojos, sin que sepamos dónde están las cámaras. Una pieza maestra que ha de fundirse en nuestra retina sin prejuicios.
(Del GPS de EL CORREO)
