¡Sacarme de aquí!
Te despiertas aturdido, entre temblores. No recuerdas bien qué ha ocurrido. No sabes dónde estás. Descubres, atónito, que alguien, no sabes quién ni por qué, te ha encerrado en un habitáculo minúsculo donde apenas hay ventilación y no entra luz alguna. Has sido secuestrado. Bienvenido al infierno. Esta es la dura premisa de partida de Zulo, opera prima de C. Martín Ferrera que se presenta con el mejor cartel del cine español en tiempo, comentario extensible a la cinematografía mundial, donde proliferan los pósters anodinos con el careto de algún actor conocido. No es el caso de esta valiente propuesta, cuyo peso recae sobre las espaldas de un solo rostro poco aireado, Jaume García Arija, de amplia trayectoria teatral, que aguanta el tipo durante ochenta minutos en un relato visceral que transcurre en un único espacio muy limitado, un pozo real, de 2,80 metros de diámetro por 6 metros de altura, donde se rodó la película a lo largo de un año para que la progresiva desesperación del protagonista hiciese mella en su propia carne.
Jaume García Arija, Premio al Mejor Actor en Fantasporto 06, tuvo que adelgazar considerablemente, además de dejarse crecer el pelo y barba, para enfatizar su deterioro. El debut de Martín Ferrera en el campo del largometraje, curtido con algunos cortos y documentales, describe la degradación física y mental de un hombre encerrado por unos criminales que se ocultan tras sendos pasamontañas. Sumergir al espectador en el progresivo abatimiento del personaje principal, hundido por la sin razón, transmitir su sensación de claustrofobia, es el objetivo básico de una película reivindicable por sencilla y modesta, que funciona por obvia, aunque no llega a sorprender. En Zulo no ocurre nada que no nos imaginemos previamente, quizás el mayor lastre de un cine sincero, que sale de las tripas, un retrato opresivo de la lucha por la supervivencia de un ser humano que, a pesar de quedarse a medio gas, vislumbra cierto interés en la experimentación con el lenguaje cinematográfico, un riesgo que pocos cineasta asumen, y menos un debutante, en los tiempos que corren.
Nunca llegamos a saber por qué han encerrado ahí al protagonista, aunque se puede intuir. De esta manera, el director abre una escalofriante posibilidad: cualquiera podemos acabar en una situación similar, angustiosa y demencial, sin sentido alguno bajo el prisma de la racionalidad. Un drama humano, a las puertas del thriller, que planta frente a nuestras retinas el horror del tormento psicológico. Interesante.
(Por si alguno/a, más de uno y de mil, no lo leyó el pasado viernes en EL CORREO)